Queridos jóvenes americanos: No voten por Bernie

Bernie Sanders se merece un respeto. Al fin y al cabo, no ha pasado tanto tiempo desde que el veterano senador de Vermont y autoproclamado demócrata socialista se dedicase a pontificar desde la política extraoficial. A día de hoy, sin embargo, Sanders ha redefinido el espacio central de la política progresista. Su resultado en las primarias de Iowa (sólo un 0.3% menos que la favorita Hillary Clinton) así lo demuestra. No obstante, aunque Sanders merezca el respecto por parte de la generación Y, no merece nuestro respaldo. Hay tres razones por las que una presidencia de Sanders sería un desastre para los jóvenes americanos.

En primer lugar, las políticas económicas de Sanders llevarían a los jóvenes americanos a un futuro de impuestos cada vez más altos y cada vez menos oportunidades laborales. Esto no es una suposición, sino más bien un hecho que se ha podido comprobar en todos los lugares del mundo en los que ya se ha aplicado el socialismo al estilo Bernie.

Véanse los casos de Francia y España. Ambas democracias se han beneficiado de contar con unas poblaciones bien educadas y unas situaciones políticas relativamente estables. Sin embargo, durante años han empoderado a los sindicatos por encima de las personas, han facilitado el anquilosamiento económico frente al libre flujo del capital y han fomentado el crecimiento del gobierno antes que rebajar los impuestos. Lo que ha hecho que se deteriore la empresa privada.

Al mismo tiempo, la enorme expansión del poder público se ha vuelto endémica dentro del tejido social. En Francia, el gobierno socialista está fracasando en sus iniciativas para introducir las reformas económicas más básicas. Dicho fracaso refleja hasta qué punto los Estados socialistas quedan inevitablemente envueltos entre un exceso de gravámenes, una subinversión del sector privado y un sector público hinchado e ineficaz. Y quienes más tienen que perder con este absurdo son los jóvenes, como sucede con el índice de desempleo de los españoles menores de 25 años, situado en un astronómico 47.7%.

Por otro lado, los beneficios del capitalismo están cada vez más presentes en forma de iPhones, Uber y las oportunidades para un empleo básico. Finalmente, en este caso resulta crucial desmontar las afirmaciones de Sanders de que solamente “los ricos” pagarán su utopía socialista. La realidad es que todos, especialmente la clase media, tendrán que pagar por esta distopía socialista.

Las políticas económicas de Sanders llevarían a los jóvenes americanos a un futuro de impuestos cada vez más altos y cada vez menos oportunidades laborales.

En segundo lugar, Sanders enterraría a los jóvenes americanos bajo una inmensa deuda. Mientras que la teoría socialista asume que los recursos de una sociedad se maximizan y distribuyen en su totalidad por parte de un Estado en expansión, la historia demuestra que lo cierto es lo contrario: cuando el Estado crece, la inversión del sector privado desaparece y la ineficacia inherente al gobierno se multiplica. Aunque Sanders y sus camaradas afirmen que ampliar el gasto público en infraestructuras crea empleo, pasan por alto el hecho de que ese empleo supone una mala distribución de unos recursos finitos (no hay más que ver la trama de despilfarro de las energías verdes). El gasto en infraestructuras no es la alfombra mágica económica que creen los progresistas. Pero desafortunadamente, esa ilusión económica da pie a consecuencias negativas más importantes. A medida que el sector privado decrece, la recaudación tributaria se desploma. En ese momento, con un gobierno en deuda con los intereses particulares —como ocurre con todos los gobiernos socialistas— no quedan otros recursos que subir los impuestos o incrementar el endeudamiento nacional. A los progresistas les encanta afirmar que los préstamos se pagan solos, pero no es así. Por el contrario, imponen a la economía unos tipos de interés más elevados, aumentando el gasto público, que además cada vez tendría un carácter menos productivo, y elevando el precio de los préstamos privados para quienes se encuentran en el peldaño más bajo de la escalera económica. De hecho, el déficit y la deuda nacionales se encuentran ya a niveles catastróficos. Sanders simplemente exacerbaría esta crisis.

Aunque quizás, la razón que menos se tenga en cuenta para mantener a Sanders fuera de las paredes de la Casa Blanca sea la seguridad nacional. Y es que en el caso de que fuera capaz de implementar sus políticas, Sanders pondría a Estados Unidos en una situación de grave peligro. Sus planes vaciarían las fuerzas armadas y socavarían su capacidad para defender los intereses de Estados Unidos en el extranjero. La afirmación progresista básica de que los recortes en defensa son posibles puesto que el presupuesto para defensa de Estados Unidos es “x veces mayor que el de cualquier otro país, etc.” es simple ofuscación. En realidad, desde Rusia hasta China pasando por el EIIL, Estados Unidos se enfrenta a una enorme variedad de amenazas para su pueblo, sus valores y el orden internacional. Disuadir estas amenazas y, si es necesario, derrotarlas, requiere una gran inversión. Asumir que nuestros adversarios (Vladímir Putin, por ejemplo) no aprovecharían la oportunidad de desafiar a Estados Unidos con Sanders como presidente es absurdo. Comparado con Sanders, Obama sería un Reagan, y aun así no tiene más que ver cómo han sufrido nuestra seguridad y nuestro prestigio con su administración débil e incapaz.

Sólo hay una razón para que los jóvenes americanos voten a Bernie Sanders: que en vez de buscar la felicidad, vivan para buscar su propio sufrimiento personal y el del país.

Tom Rogan es columnista sénior de Opportunity Lives y escribe para National ReviewEs panelista del Grupo McLaughlin y es investigador del Instituto Steamboat. Sígalo en Twitter en: @TomRtweets.

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