Éste es el ministerio urbano latino que está cambiando vidas

No encontrará Chirilagua en ningún mapa de Washington DC, aunque durante décadas ha sido el refugio de miles de inmigrantes centroamericanos, que lo han considerado su hogar.

Llamado así con cariño en honor del pequeño pueblo del sureste de El Salvador del que llegaron algunos de los primeros inmigrantes huyendo de la sangrienta guerra civil de su país en los años 80, Chirilagua se encuentra oficialmente en Arlandria, situada entre Arlington y Alexandria, en el Distrito de Columbia. Estas ciudades se encuentran entre las de mayor nivel de vida de todo el país, y están compuestas en su mayor parte por profesionales de alto nivel educativo que viven en espaciosos edificios de apartamentos, grandes casas y mansiones multimillonarias.

Esta dicotomía no es algo nuevo para la comunidad de inmigrantes de clase trabajadora que viven con sus familias numerosas en pequeños apartamentos de Chirilagua. Ésa ha sido la situación desde hace años. El verdadero temor aquí es la deportación, que preocupa a muchos de sus habitantes. Eso se debe a que mientras que la primera ola de inmigrantes salvadoreños tuvo garantizado el asilo político, las olas posteriores de inmigrantes no han sido tan afortunadas. Como resultado de ello, la mayoría vive en las sombras tratando de sobrevivir a duras penas al tiempo que mantienen un perfil bajo.

Además de estas tensiones, la violencia de las bandas y los delitos son constantes, como se demostró hace poco cuando se encontró el cuerpo sin vida de un joven, a primera hora de la mañana, en un parque infantil del centro de Chirilagua. El hallazgo conmocionó a esta comunidad tan unida, pero no es algo insólito. La tragedia ya ha golpeado antes a la comunidad, y la volverá a golpear. La única verdadera pregunta es cuándo.

Esta incertidumbre y desesperanza  es lo que ha impulsado a tres jóvenes recién graduadas en la universidad a actuar, trasladándose a la comunidad para vivir allí y saber más acerca de los problemas y los retos que afrontan los inmigrantes de clase trabajadora del norte de Virginia. Esto suscitó la curiosidad de los residentes, confundidos por el hecho de que un grupo de universitarias de raza blanca decidiera vivir en un barrio predominantemente hispano, aunque finalmente los acogieron como miembros de la comunidad.

casa chirilagua

Casa Chirilagua ofrece tutoría y deportes entre sus actividades extracurriculares para los alumnos de la comunidad, algo que los hace tener confianza en tiempos difíciles. | Foto: Casa Chirilagua Facebook

Con el tiempo, las tres jóvenes profesionales empezarían un largo y complicado viaje con la creación de una organización sin ánimo de lucro que asistiera a las familias y niños del barrio. Casa Chirilagua es el nombre de la organización religiosa que ha estado proporcionando actividades extraescolares y servicios de tutoría a esos niños. Pero en el fondo, lo que está proporcionando Casa Chirilagua es el servicio básico, aunque increíblemente importante, de ser un refugio para que los niños puedan hacer las tareas de la escuela y mantenerse alejados de las calles, mientras sus padres pasan largas jornadas trabajando fuera de casa.

Como organización confesional, el grupo no esconde su perfil decididamente cristiano. Pero, al centrar también su atención en las tutorías y en actividades de orientación no religiosa, ha podido recibir el respaldo de muchas personas ajenas a la comunidad religiosa del norte de Virginia. Como resultado de ello, de los diez niños a los que empezaron cuidando han pasado a cientos cada año.

Para llevar a cabo este trabajo con el pequeño presupuesto de Casa Chirilagua, confían en decenas de voluntarios que dedican parte del tiempo de su apretada y ajetreada agenda a leer y jugar con los más pequeños. Ruth Marín es una de esas voluntarias, que le contó a Opportunity Lives que decidió involucrarse para poder aportar algo a la comunidad y como una forma de “crear recuerdos juntos”.

Al haber crecido en el barrio, Ruth comentó que podía contar las penurias y problemas que afectan a los niños a los que tutela. “Vivimos en una comunidad que puede resultar complicada, pero también sé que se puede salir adelante”.

Entre los estudiantes a los que da clases Ruth se encuentra Paola, que ha estado traduciendo para sus padres trabajadores y ayudándolos a sobrellevar una dura vida como inmigrantes indocumentados desde que tiene uso de razón. Eso es algo habitual para los cientos de niños que viven aquí. Vivir de esta forma a una edad tan joven puede resultar algo confuso. Un día viven la aparentemente despreocupada vida propia de un niño, y al siguiente están asumiendo responsabilidades y afrontando retos normalmente reservados a los adultos.

Ruth indicó que ha pasado junto a Paola los altibajos de su vida, incluido el ver cómo algunos de sus familiares más cercanos y amigos eran encarcelados, deportados o se introducían en el mundo de las bandas. Pero en todos esos momentos, Ruth quedó impresionada por la madurez y determinación de Paola, que le han permitido seguir centrada en ayudar a su familia al mismo tiempo que se procuraba una buena educación. “Veo grandes posibilidades en Paola; tiene las ideas muy claras”.

La participación de Paola en Casa Chirilagua es lo que hizo que su padre creyera en la labor de la organización y se involucrase en sus servicios. Y a pesar de su apretada agenda laboral, que le ocupa casi los siete días de la semana, el padre de Paola ofrece voluntariamente su tiempo y sus servicios para ayudar a los demás.

Este tipo de compromiso y sacrificio, según Jim VandeHei, exmiembro de la junta y cofundador de Politico, es el secreto de su éxito

“Casa is a big believer in meeting the needs of the whole person, whether that is spiritual, physical and emotional,” said VandeHei.

“Casa Chirilagua cree firmemente en satisfacer las necesidades de la persona en su conjunto, ya sean espirituales, físicas o emocionales”, comentó VandeHei.

VandeHei explicó que pudo comprobarlo de primera mano cuando hizo un recorrido por la comunidad y se reunió con personas que habían mejorado su situación gracias al trabajo de la organización. “Ver a familias completamente transformadas fue algo increíblemente inspirador”, confesó VandeHei.

Casa Chirilagua tendrá pronto la oportunidad de trabajar incluso con más familias, cuando se traslade al nuevo centro comunitario que recientemente han adquirido a la ciudad de Alexandria, gracias a la generosidad de sus muchos colaboradores. Cuando se complete, el centro estará en el centro del barrio para ofrecer a la comunidad lo que lleva haciendo desde hace cerca de diez años: un lugar de afecto y seguridad.

Dawnielle Miller, directora ejecutiva y cofundadora, también aspira a que el centro ofrezca a las familias comidas y la posibilidad de reunirse durante las vacaciones, mientras se imparten clases de inglés y economía para adultos. Todo ello será ahora más fácil de planificar, en lugar de tener que confiar en la generosidad y disponibilidad de las iglesias colaboradoras.

Pero quizás la mayor contribución del centro vaya a ser intangible. Eso se debe a que para una comunidad acostumbrada al cambio y el anonimato, contar con un espacio físico que lleve el nombre de un lugar tan especial para muchos de sus miembros, puede darles un sentido de pertenencia y esperanza del que hasta ahora han carecido.

Israel Ortega es columnista sénior de Opportunity Lives. Puede seguirlo en Twitter: @IzzyOrtega.

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